Hay quejas

Hay quejas que no tengo el tiempo de saber de que tratan.
Hay quejas que sólo tienen sabor a queja vieja que surge siempre de la entraña inmediata de saberse poco o mucho y siempre sobre el otro.
me dicen que no escribo y digo y que reniego.

Les digo que la palabra encierra tantas cosas, que sólo usamos aquellas que nos figuran mejor según las circunstancias.
Porque buscamos que sean esas, las mejores, para pintarnos de capa y chambergo que ya nadie usa. Pero que nos imaginamos así, bellos como almirantes, pero tampoco, porque eso ya no cuenta en este tiempo, ahora el brillo de la fama es otro y el divismo no terminó con los Beatles.
Pedimos a veces poder cambiar alguna cosa.
Una coma es el silencio exacto del encuetro y no una separación, no. 

Yo perdí el mío, porque quice, perdí mi silencio pensando en voz alta las cosas del pasado que siempre dejé de lado y olvidé.

¿Porque recordar es estar sin vida ahora?

Perdí varios cuerpos, el de mi persona sensata me costó encontrarlo y a veces lo extravío entre mis papeles y mis libros que releo en los corredores de la formalidad que aprendí siendo niño, y que a puñetazos y patadas peleé en la vereda para saber que era yo. Yo, sí yo, y después abandoné.

Amaqué mi mano de la mano que tomé de rostro bello y suave y no volví a rozarlo otra vez,
porque la vergüenza me ganó en la encrucijada.
Y el amor que jugamos la primera vez, se quedó sin recuerdo.
Y lo era,  descubriendo era el comienzo siempre uno y nunca igual.
Pero los rostros cambian, como las líneas de las manos, como las curvas de una nube,
como las sombras en el día. 

Y sí,
se obstinan en dejarme mal, desentonado, porque no soy los otros en manada, no lo seré nunca, pero tampoco seré ellos en camada.

Porque el rebaño se fugó a otra pradera y el pastor que guarda se ocultó, y me escapé.
Cruce el agua fría y límpida en el lomo de un caballo.
Cruce las estrellas bajo luna y nieve con medallas de mezcal y me extravié.
Fuí a dar a un galpón grande en medio de la montaña, me cobijaron allí en la noche helada.
Los paisanos, mate y torta frita entre peleras de chivo y pasto para las vacas.
Un muchacho de barba roja y claros ojos abrazado a una gallina colorada miraba y su asombro lo alejaba. Una pareja de novios festejaba su boda en un catre de pieles de cordero y chivo y el amor los festejaba.
Volví a la calle de tierra y piedras, luna y frío y al fin dí con la calle y la mosqueta y la curva de a caballo en la lomada.
El viento y el árbol se inclinaron para hablarme como seres misteriosos y anunciarme que era yo quien cabalgaba. Volví al fin a mi casa de madera y piedra vieja. Volví a la hondulante alfombra verde, mi pradera, mi morada.
Y la palabra se volvió en contra y el silencio me cubrió de rocas.

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