De lo espiritual en la poesía l
Por Fernando González Vidal
Tenemos hechas muchas lecturas en la poseía contemporánea y con cada una de ellas la estela que deja
cada línea, nos va abriendo las puertas a un universo particular. Pocas
de éstas nos abren el universo oculto, ése universo que sólo las
escrituras heredadas y los comentarios profundos de los sabios que, de
tiempo en tiempo, revelan alguno de sus aspectos mas misteriosos y
ocultos nos van barriendo la hojarasca, y con el crepitar de su más leve
sonido su armonía nos suena ajena, a veces penosa y sincera, otras
afable y distante siempre, porque la tierra que pisamos nos es
complaciente a los sentidos, cruel y confusa a los afectos, sopesada y
fría al pensamiento. Los autores que designaron con cada una de éstas
obras los lineamientos de su derrotero, los encuentros y desencuentros
que sólo el ánimo que los impulsa conoce más íntimamente, ése ánimo no
surge de una idea prestada, ni de una sugestiva imagen de cine o
televisión, aunque puede que de algunos de estos medios, de tanto en
tanto surja alguna poética similar, ésta surge de una encontrada lectura
casual en algunos, o de un misterioso impulso interior con el que se
nace y que algún suceso fortuito despierte para no dormirse jamás.
La intención de éste artículo a manera de ensayo, es mostrar ése universo encarnado en los autores que elegí o fui descubriendo a lo largo de los años, esas lecturas robadas al tiempo, en un viaje de colectivo o tren, o en la lectura metódica que los anaqueles polvorientos depositara largamente y que nadie orada. En cada uno de éstos viajes intentaré reflejar su luz, con algunos párrafos donde esgrimir algún acercamiento, para rescatar la estela que pasa, dejando pavesas en el cruce mágico de su encuentro en cada línea, en cada párrafo, en cada giro, que la habilidad del oficio y la inspiración sublime dieron en un número reducido de poetas de éste linaje, es decir fieles a sí mismo y en innumerables otros que desconociendo el suceso, comunicaron a su modo el destello de la luz, si así me lo permiten mis palabras.
La intención de éste artículo a manera de ensayo, es mostrar ése universo encarnado en los autores que elegí o fui descubriendo a lo largo de los años, esas lecturas robadas al tiempo, en un viaje de colectivo o tren, o en la lectura metódica que los anaqueles polvorientos depositara largamente y que nadie orada. En cada uno de éstos viajes intentaré reflejar su luz, con algunos párrafos donde esgrimir algún acercamiento, para rescatar la estela que pasa, dejando pavesas en el cruce mágico de su encuentro en cada línea, en cada párrafo, en cada giro, que la habilidad del oficio y la inspiración sublime dieron en un número reducido de poetas de éste linaje, es decir fieles a sí mismo y en innumerables otros que desconociendo el suceso, comunicaron a su modo el destello de la luz, si así me lo permiten mis palabras.
Viaje al centro
En el interminable fondo de un morral siempre hay algún libro para leer en los viajes de colectivo o tren -costumbre recomendable-, para no dejar que el tiempo sea devorado sólo por imágenes interminables de publicidades o el cansador parloteo de los celulares, que nos sentimos obligados a escuchar por la fuerza de una nueva costumbre citadina, y la simple distracción del paisaje que se recorre vacío, donde el pensamiento busca su quietud y sólo se observa sin participar. Ese libro que surge desde el fondo de ése bolso, es de verbo vivo, es luz, es la impronta hecha palabra de una única impresión que vivifica lo espiritual en la poesía. Ése centro que pocas veces se detecta en alguna línea en la escritura poética, es frecuente en algunos que han hecho de la palabra un instrumento eficaz para expresar su estado interior. Estado que lejos de los correteos huidizos de una mente generalmente perturbada por los efectos nocivos que la sociedad provoca, es transfigurada en luz por algunos poetas. No se puede dejar de lado éste género, que para muchos es una materia en las carreras de grado, y que salvo por la dedicada preocupación de algún docente despierto, pasan de igual modo inadvertidos para la mayoría, a veces por prejuicio o por esnobismo cruel, otras por desparpajo donde la vida corriente deja de lado la expresión mas pura y la musicalidad que yace suspendida en un tiempo sin fin. Las generalidades hacen siempre las mismas referencias, que suelen ser los poetas españoles del siglo XIV y los alemanes del XVII, dejando por último al francés más conocido (Teillard). No quiere decir esto que ellos no sean desde luego magníficos y sobre todo llenos de sabiduría, más allá de lo personal, cada uno deja siempre una huella si se deja penetrar por ésta y se esfume en pocos minutos tras una bocanada de música ligera.
Por más que todas sus expresiones respondan a estilos literarios pasados, lo que se expresa es otro mundo, el mundo de la inconmensurable orilla de lo perfecto, un reino de vida descrito con palabras, expresión certera de una simiente que dio un fruto de perfección. Perfección que es el producto de la metanoia de todo acto y en todas sus directrices, no importa cual, pues no puede haber un juicio de valor cuando lo que se comunica lo trasciende. Porque ése lugar no corresponde a ninguno de nosotros ya que no hemos estado en un gueto, o en la cárcel húmeda y fría del siglo gótico, o cualquiera de las circunstancias adversas, que por lo general acompañan el proceso, que es diferente del otro, producto de una relación doliente entre escritor y sociedad enferma, cuando la vida se reduce a un artificioso juego de refinamiento intelectual, a veces mal esgrimido con ínfulas de pretensión esteticista, siendo el sofisma un recurso frecuente.
Los escritos de Artaud en el último período de su vida, fueron la consecuente continuidad de la expresión surgida de una vida entre la enfermedad real, y la lógica diabólica de una cultura de entre guerras que padeció todos los excesos, todas las manías perversas, que fueron posteriormente refinadas y vueltas a utilizar por el mismo sistema que siguió aniquilando a los artistas de toda raza y todo credo, de toda estética y variación, hasta degenerarla en un ideal consumista y consumado, estéril y frívolo, despojándolo de todo pensamiento profundo, incluso hoy la misma razón de lo espiritual, devino en un edulcorado sabor de mezcladas doctrinas, llegando al extremo opuesto de ignorar su origen cuidado y refinado, no sólo por el estilo de su escritura, sino y sobre todo por el mensaje que contiene.
En éste punto es necesario hacer un alto, y volver el sentido de éste intento de acercamiento a la poesía que expresa ése mundo o reino, donde lo real está en lo interior y en cada lugar donde podamos mirar con el ojo limpio y el corazón anhelante en busca del Eros que redime. Necesario por cierto, pues no se trata del Eros carnal, sino del otro, del anhelo de amor, amor inefable donde su lectura sirve de colirio para nuestras almas, expresado con un puñado de palabras. Éstas destilaran la calidad de expresión del alma del escribiente que traerá impresa, por naturaleza de su genio; genio que se confundirá con las habilidades que le darán o quitarán, las instrucciones formales de una academia que muestra sus fisuras por una obsesión en el análisis frío y calculador, extremado- hasta el conteo de los sustantivos y adjetivos-, provocando una falta de humanización y un alejamiento de su naturaleza óntica, generando una escritura donde la poética raya la banalidad, transformándola en un instrumento de su nueva estética.
Quedan siempre las mismas tipologías humanas con rasgos de huida al infierno, que caracterizó siempre al poeta y su entorno, entorno que condicionará su derrotero, donde pudiera esgrimir por ése tránsito la palabra como un arma en las luchas interiores, llevando hacia la luz y con firmeza una esperanza férrea y sin quiebres, porque donde el quiebre ejerce su inflexión, es asediado por la crueldad y el desprecio, frecuentando entonces el roce con la locura. Sin embargo, la palabra abierta al encuentro del espíritu que, orada por salir a la luz, para hacer de su expresión poética la revelación de su visión interior, no se consuma con éstas envestidas, porque si lo hace, el poeta se extingue. Y, con esa visión acerca al lector, al transeúnte anónimo, a un encuentro hecho de luz, una huida hacia el cielo abierto, al encuentro de un amor único, a la descripción de una visión sin semejanzas conocidas, de un amor inefable que se imprime únicamente en el corazón como una rúbrica, como una caricia suave de la persona a quien se ama, inolvidable, única.
Sí, puede ser que algún hombre ebrio de soberbia, quiera ver en éstos actos una fugaz visión y nada más, minimizándolo y reduciéndolo así a una expresión peyorativa, para esgrimir un análisis donde seguramente pueda dar rienda suelta a otros reinos interiores, producto de las mas variada formas de la indagación dirigida, pero que solamente pueden nada mas que, acariciar el evento único que es ser partícipe de una revelación única e irrepetible. Esa crítica desconoce que quien la vive, esta inmerso en ella para revelar que ese mundo es real y habita en nosotros, buscando comunicarlo con magia en las palabras. Una magia que no surge de la suerte de correr por el teclado, ni de estar atento para la captura de una imagen soñada, como la del ojo del fotógrafo, sino de una auto revelación, de un nuevo despertar a una luz radiante, cuya magia reside en el artificio hacia su encuentro, revelándose a sí misma.
Lejos en una región desconocida.
Se podría suponer como casi siempre, que las mejores líneas que rayan ésta verdad hecha palmo, paso, desierto, pertenecen o pertenecieron a una vida pretérita, sin embargo, podemos leer en un autor poco traducido a nuestra lengua, en algunas líneas la impronta precisa de ésta realidad íntima, actual como lo es el viento:
Amo a la vida y tengo miedo a la muerte,
hubieran visto cómo me sacudo fuerte bajo la descarga eléctrica, cómo me fuerzo en el
descalabro
de las redes del pescador cuando me transformo en la Palabra. (*)
La suposición como la afirmación teórica es nada más que la sombra de un buitre que circunda su próxima comida. Se puede variar la aproximación según la erudición lo permita, pero ésta siempre árida en sus palabras sólo roza la verdad escondida y disecciona con su escalpelo inteligente el sendero transitado. Contadas veces ésta disección mórbida resulta feliz. Es preferible volver siempre a la escritura auténtica.
Allí, al margen del mundo, a nuestro costado
La ola sigue a otra ola batir la orilla,
Sobre su cresta están el pájaro, el hombre, la estrella,
Y la realidad, sueños, la muerte, oleada tras oleada. (*)
Porque con cada palmo descrito, la luz se revela en las formas comunes a toda suerte humana, sólo hace falta un haz de conciencia que la revele.
He sido estoy y estaré, no necesito fechas ni guarismos.
La vida es milagro de los milagros, y en su regazo
Como a un huérfano, me coloco a mí mismo. (*)
Y es ésta revelación la que llega a nosotros para quedarse al menos por un tiempo, que por fugaz que parezca, cambiará en algún modo nuestra visión del mundo circundante.
Sólo entre los espejos, en su cerco, como chispazos
Se reflejan mares, ciudades y brillan entre los efluvios.
…Y la madre llorando pone al niño sobre su regazo. (*)
Incontables veces el azote de cada palabra en ésta vuelta del espíritu, no es como la queja del bandoneón o el quejido de una canción gitana, sin desmerecer por cierto las expresiones que éstas dos corrientes abrigan en su mundo. Éste es otro mundo, una forma desplegada en la variedad de nuestro universo escondido, expresado dentro y con cada palabra, sus sonidos provienen de una música emanada de su centro, aquel del ser de todas las cosas.
Humano, soy, en medio del mundo:
Detrás están miríadas de infusorios,
Delante, -miríadas de estrellas- ,
Me acosté cuan largo entre ellos:
Soy mar, que ha juntado dos orillas,
Y como el puente, reuní dos universos. (*)
(*) Los poemas y párrafos citados son de Arseni Tarkovski, traducidos por Irina Bogdaschevski .
Vicente López mayo del 2010
En el interminable fondo de un morral siempre hay algún libro para leer en los viajes de colectivo o tren -costumbre recomendable-, para no dejar que el tiempo sea devorado sólo por imágenes interminables de publicidades o el cansador parloteo de los celulares, que nos sentimos obligados a escuchar por la fuerza de una nueva costumbre citadina, y la simple distracción del paisaje que se recorre vacío, donde el pensamiento busca su quietud y sólo se observa sin participar. Ese libro que surge desde el fondo de ése bolso, es de verbo vivo, es luz, es la impronta hecha palabra de una única impresión que vivifica lo espiritual en la poesía. Ése centro que pocas veces se detecta en alguna línea en la escritura poética, es frecuente en algunos que han hecho de la palabra un instrumento eficaz para expresar su estado interior. Estado que lejos de los correteos huidizos de una mente generalmente perturbada por los efectos nocivos que la sociedad provoca, es transfigurada en luz por algunos poetas. No se puede dejar de lado éste género, que para muchos es una materia en las carreras de grado, y que salvo por la dedicada preocupación de algún docente despierto, pasan de igual modo inadvertidos para la mayoría, a veces por prejuicio o por esnobismo cruel, otras por desparpajo donde la vida corriente deja de lado la expresión mas pura y la musicalidad que yace suspendida en un tiempo sin fin. Las generalidades hacen siempre las mismas referencias, que suelen ser los poetas españoles del siglo XIV y los alemanes del XVII, dejando por último al francés más conocido (Teillard). No quiere decir esto que ellos no sean desde luego magníficos y sobre todo llenos de sabiduría, más allá de lo personal, cada uno deja siempre una huella si se deja penetrar por ésta y se esfume en pocos minutos tras una bocanada de música ligera.
Por más que todas sus expresiones respondan a estilos literarios pasados, lo que se expresa es otro mundo, el mundo de la inconmensurable orilla de lo perfecto, un reino de vida descrito con palabras, expresión certera de una simiente que dio un fruto de perfección. Perfección que es el producto de la metanoia de todo acto y en todas sus directrices, no importa cual, pues no puede haber un juicio de valor cuando lo que se comunica lo trasciende. Porque ése lugar no corresponde a ninguno de nosotros ya que no hemos estado en un gueto, o en la cárcel húmeda y fría del siglo gótico, o cualquiera de las circunstancias adversas, que por lo general acompañan el proceso, que es diferente del otro, producto de una relación doliente entre escritor y sociedad enferma, cuando la vida se reduce a un artificioso juego de refinamiento intelectual, a veces mal esgrimido con ínfulas de pretensión esteticista, siendo el sofisma un recurso frecuente.
Los escritos de Artaud en el último período de su vida, fueron la consecuente continuidad de la expresión surgida de una vida entre la enfermedad real, y la lógica diabólica de una cultura de entre guerras que padeció todos los excesos, todas las manías perversas, que fueron posteriormente refinadas y vueltas a utilizar por el mismo sistema que siguió aniquilando a los artistas de toda raza y todo credo, de toda estética y variación, hasta degenerarla en un ideal consumista y consumado, estéril y frívolo, despojándolo de todo pensamiento profundo, incluso hoy la misma razón de lo espiritual, devino en un edulcorado sabor de mezcladas doctrinas, llegando al extremo opuesto de ignorar su origen cuidado y refinado, no sólo por el estilo de su escritura, sino y sobre todo por el mensaje que contiene.
En éste punto es necesario hacer un alto, y volver el sentido de éste intento de acercamiento a la poesía que expresa ése mundo o reino, donde lo real está en lo interior y en cada lugar donde podamos mirar con el ojo limpio y el corazón anhelante en busca del Eros que redime. Necesario por cierto, pues no se trata del Eros carnal, sino del otro, del anhelo de amor, amor inefable donde su lectura sirve de colirio para nuestras almas, expresado con un puñado de palabras. Éstas destilaran la calidad de expresión del alma del escribiente que traerá impresa, por naturaleza de su genio; genio que se confundirá con las habilidades que le darán o quitarán, las instrucciones formales de una academia que muestra sus fisuras por una obsesión en el análisis frío y calculador, extremado- hasta el conteo de los sustantivos y adjetivos-, provocando una falta de humanización y un alejamiento de su naturaleza óntica, generando una escritura donde la poética raya la banalidad, transformándola en un instrumento de su nueva estética.
Quedan siempre las mismas tipologías humanas con rasgos de huida al infierno, que caracterizó siempre al poeta y su entorno, entorno que condicionará su derrotero, donde pudiera esgrimir por ése tránsito la palabra como un arma en las luchas interiores, llevando hacia la luz y con firmeza una esperanza férrea y sin quiebres, porque donde el quiebre ejerce su inflexión, es asediado por la crueldad y el desprecio, frecuentando entonces el roce con la locura. Sin embargo, la palabra abierta al encuentro del espíritu que, orada por salir a la luz, para hacer de su expresión poética la revelación de su visión interior, no se consuma con éstas envestidas, porque si lo hace, el poeta se extingue. Y, con esa visión acerca al lector, al transeúnte anónimo, a un encuentro hecho de luz, una huida hacia el cielo abierto, al encuentro de un amor único, a la descripción de una visión sin semejanzas conocidas, de un amor inefable que se imprime únicamente en el corazón como una rúbrica, como una caricia suave de la persona a quien se ama, inolvidable, única.
Sí, puede ser que algún hombre ebrio de soberbia, quiera ver en éstos actos una fugaz visión y nada más, minimizándolo y reduciéndolo así a una expresión peyorativa, para esgrimir un análisis donde seguramente pueda dar rienda suelta a otros reinos interiores, producto de las mas variada formas de la indagación dirigida, pero que solamente pueden nada mas que, acariciar el evento único que es ser partícipe de una revelación única e irrepetible. Esa crítica desconoce que quien la vive, esta inmerso en ella para revelar que ese mundo es real y habita en nosotros, buscando comunicarlo con magia en las palabras. Una magia que no surge de la suerte de correr por el teclado, ni de estar atento para la captura de una imagen soñada, como la del ojo del fotógrafo, sino de una auto revelación, de un nuevo despertar a una luz radiante, cuya magia reside en el artificio hacia su encuentro, revelándose a sí misma.
Lejos en una región desconocida.
Se podría suponer como casi siempre, que las mejores líneas que rayan ésta verdad hecha palmo, paso, desierto, pertenecen o pertenecieron a una vida pretérita, sin embargo, podemos leer en un autor poco traducido a nuestra lengua, en algunas líneas la impronta precisa de ésta realidad íntima, actual como lo es el viento:
Amo a la vida y tengo miedo a la muerte,
hubieran visto cómo me sacudo fuerte bajo la descarga eléctrica, cómo me fuerzo en el
descalabro
de las redes del pescador cuando me transformo en la Palabra. (*)
La suposición como la afirmación teórica es nada más que la sombra de un buitre que circunda su próxima comida. Se puede variar la aproximación según la erudición lo permita, pero ésta siempre árida en sus palabras sólo roza la verdad escondida y disecciona con su escalpelo inteligente el sendero transitado. Contadas veces ésta disección mórbida resulta feliz. Es preferible volver siempre a la escritura auténtica.
Allí, al margen del mundo, a nuestro costado
La ola sigue a otra ola batir la orilla,
Sobre su cresta están el pájaro, el hombre, la estrella,
Y la realidad, sueños, la muerte, oleada tras oleada. (*)
Porque con cada palmo descrito, la luz se revela en las formas comunes a toda suerte humana, sólo hace falta un haz de conciencia que la revele.
He sido estoy y estaré, no necesito fechas ni guarismos.
La vida es milagro de los milagros, y en su regazo
Como a un huérfano, me coloco a mí mismo. (*)
Y es ésta revelación la que llega a nosotros para quedarse al menos por un tiempo, que por fugaz que parezca, cambiará en algún modo nuestra visión del mundo circundante.
Sólo entre los espejos, en su cerco, como chispazos
Se reflejan mares, ciudades y brillan entre los efluvios.
…Y la madre llorando pone al niño sobre su regazo. (*)
Incontables veces el azote de cada palabra en ésta vuelta del espíritu, no es como la queja del bandoneón o el quejido de una canción gitana, sin desmerecer por cierto las expresiones que éstas dos corrientes abrigan en su mundo. Éste es otro mundo, una forma desplegada en la variedad de nuestro universo escondido, expresado dentro y con cada palabra, sus sonidos provienen de una música emanada de su centro, aquel del ser de todas las cosas.
Humano, soy, en medio del mundo:
Detrás están miríadas de infusorios,
Delante, -miríadas de estrellas- ,
Me acosté cuan largo entre ellos:
Soy mar, que ha juntado dos orillas,
Y como el puente, reuní dos universos. (*)
(*) Los poemas y párrafos citados son de Arseni Tarkovski, traducidos por Irina Bogdaschevski .
Vicente López mayo del 2010

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